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CATALÁN CASTELLANO
08-02-2018
Ni España es una mierda, ni Cataluña es el paraíso
Cataluña es muy importante para los catalanes. Sí. Pero no somos los únicos habitantes del planeta que queremos a nuestro país. También es muy importante Asturias para los asturianos, Extremadura para los extremeños, Suiza para los suizos, Mongolia para los mongoles, Siria para los sirios o México para los mexicanos. Respeto. En la actual etapa de la evolución de la humanidad -en tránsito hacia la globalización que nos unificará y hermanará-, el amor a la “patria sagrada” es cada vez más relativo y utilitario.

Aquello que la gente valora cada vez más es universal: la paz, la libertad, el trabajo, una vivienda digna, el bienestar personal y familiar, el respeto a los derechos humanos, la seguridad, el acceso a un sistema de salud de calidad, la educación enriquecedora de los niños y de los jóvenes, una jubilación que permita vivir confortablemente los últimos años de la existencia... Todo esto es lo que han conseguido las sociedades más desarrolladas del planeta y es el anhelo que moviliza, cada año, a millones de migrantes -muchos de ellos, poniendo en riesgo su vida- hacia la Unión Europea, los Estados Unidos, Canadá o Australia.

Cataluña, formando parte de la “desastrosa” España, figura en el puesto 19 del ranking de países elaborado por la OCDE donde se vive mejor en el mundo. No está nada mal. En PIB, España es la quinta economía de la Unión Europea (UE) y una Cataluña independiente bajaría al peldaño 14. Eso sí, en PIB per cápita, Cataluña (28.590 euros) es parecida a Italia y superior al conjunto de España (24.100 euros), pero estamos muy lejos de los niveles de Alemania (39.500 euros), Dinamarca (48.400 euros), Irlanda (58.800 euros) o de Luxemburgo (90.700 euros). También estamos mejor que Rumanía (8.600 euros), Polonia (11.000 euros), Lituania (13.500 euros) o Portugal (17.900 euros).

Es decir, ni España es una mierda ni Cataluña es el paraíso. Desde esta perspectiva, tenemos que aceptar que somos como somos y que todavía nos queda camino por recorrer para llegar a ser una sociedad próspera e igualitaria, como puede ser Noruega, que encabeza el ranking mundial de felicidad elaborado por las Naciones Unidas.

Cataluña representa el 1,5% de la población de la UE y el 2% del PIB. Es por eso que desde Bruselas dan una importancia episódica a nuestro brote independentista y han dado carta blanca al gobierno español para que apague este incendio. Los 28 estados comunitarios engloban unas 300 regiones y abrir la caja de pandora de las reivindicaciones nacionalistas –que están en el origen de las dos catastróficas guerras mundiales del siglo XX- es una bomba de relojería que puede descalabrar el proyecto europeo.

Para poder progresar, Cataluña necesita, como todos los países, un presupuesto aprobado para el 2018, un Parlamento que legisle y un gobierno que dirija. Hoy no tenemos nada de todo esto y la clase política -que cobra unos salarios fabulosos para, supuestamente, solucionar los problemas de la gente- está distraída en debates bizantinos que se eternizan. Todas las ideologías son muy respetables, pero en el día a día tenemos que ser pragmáticos y responsables para administrar y sacar adelante el país.

Más allá de las siglas, de las filias y de las fobias, hay que exigir que los diputados catalanes elijan a un presidente de consenso que, desde la plaza de Sant Jaume, pueda formar gobierno y trabajar para el bien de todos. No todo empieza y acaba con los 70 diputados de las tres formaciones independentistas. Insistir en este esquema de mayoría comporta que la inestabilidad y la incertidumbre seguirán reinando en la política catalana, instalada desde hace cinco años en el Dragon Khan, y que el humillante artículo 155 continuará aplicándose sine die.

Si dejamos de lado al mitómano megalómano de Bélgica –que no ganó las elecciones del pasado 21-D, aunque se niegue a aceptarlo-, hay varias fórmulas para investir a un nuevo presidente/a de la Generalitat y garantizar la gobernabilidad a cuatro años vista. Por ejemplo:

· Junts x Catalunya + ERC + PSC = 83 diputados
· Junts x Catalunya + ERC + Comuns = 74 diputados
· PDECat (14 diputados) + ERC + PSC + Comuns = 71 diputados
· Ciudadanos + PSC (con la abstención de ERC y Comuns) = 53 diputados

Es imprescindible que los políticos -con independencia de su color- hablen, exploren, negocien y lleguen a acuerdos. Es su obligación y por eso les pagamos. Como recordaba el otro día la diputada socialista Eva Granados, abrir el Parlament cuesta cada día 147.000 euros. Gobernar una comunidad de 7,5 millones de personas plenamente insertada en la Unión Europea no tiene por qué ser un psicodrama que afecte nuestra salud mental, dispare las emociones y ponga en riesgo nuestro bienestar colectivo, como desgraciadamente ya podemos constatar desde hace algunos meses. Al fin y al cabo, por poner un ejemplo, el alcalde de Shanghai tiene que gobernar una ciudad metropolitana de 80 millones de habitantes.

¿Qué empresa se arriesgará a invertir en este manicomio, donde no hay interlocutores gubernamentales ni un horizonte de futuro que genere confianza? ¿Cómo se puede pretender que las decisiones estratégicas de Cataluña se adopten desde el refugio de Carles Puigdemont en Bélgica? No sólo es ridículo: es, sencillamente, delirante.
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