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CATALÁN CASTELLANO
05-02-2018
¿Equidistantes? No, gracias
Pasqual Maragall pedía a los periodistas que se mojaran, que aparte de informar de lo que les decían no escondieran la verdad. Que la imparcialidad no les supusiera no llamar a las cosas por su nombre. Que escuchar todas las versiones de un hecho no les exculpaba de explicar cuál era la correcta. Maragall les pedía que tomasen partido, que huyeran de la equidistancia cómoda, alejada del compromiso informativo.

De todos modos, la palabra “equidistancia” la puso de moda Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) cuando jugaba a dos bandas en la política de pactos. Podía pactar con CDC o con el PSC en función de una equidistancia que hacía predominar los intereses patrióticos o los sociales, dependiendo de las circunstancias y el número de concejales de cada partido en un ayuntamiento o de diputados en el Parlamento. Desde la aceleración del proceso independentista esta equidistancia se ha difuminado y los pactos con los socialistas han pasado a mejor vida.

Desde hace unos meses se considera “equidistantes” a los que no se alinean en el bando independentista o el españolista. Estás con unos o con los otros o te tachan de equidistante. Cuesta hacer entender que entre los dos extremos hay una diversidad de matices que no es justo ignorar.

Se puede ser anti-independentista y anti-españolista a la vez. Y entre una posición y la otra hay una notable pluralidad de opiniones y planteamientos que no pueden meterse todos en el mismo saco.

Las simplificaciones no ayudan a facilitar la comprensión de los conflictos; más bien, los agravan. Sospechad de las historias de buenos y malos. Y, ya puestos, sospechad, también, de las informaciones que recibáis a través de los medios de comunicación. Pretender expulsar del debate político a aquellos que no comulgan con ruedas de molino con el primer mensaje que reciben por Whatsapp denunciando las arbitrariedades del gobierno español o las apuestas sin futuro de Carles Puigdemont es un error garrafal.

La equidistancia no existe. Existe el derecho a reflexionar, a escuchar y a discutir, a huir del blanco y el negro, del fanatismo.

Pasqual Maragall tenía razón, no sólo en lo del 3%.
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