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CATALÁN CASTELLANO
20-12-2017
Cataluña tiene futuro
Más temprano que tarde, el conflicto que sufrimos -exacerbado a raíz de la imputación en 2012 de Oriol Pujol, el heredero de la dinastía pujolista- se tiene que solucionar y acabar satisfactoriamente para todos (o para la gran mayoría de la sociedad catalana y española). Y tengo que decir, de entrada, que la clave no pasa por la celebración de un referéndum de independencia pactado con el Estado, que es la estrategia del movimiento secesionista en estos últimos cinco años y que ha acabado con la vergonzosa intervención de la Generalitat en aplicación del artículo 155 de la Constitución.

El futuro se dibuja y se concreta a partir de grandes consensos. Aunque parezca mentira, en esta Cataluña fracturada y en carne viva que tenemos hay unos pactos de fondo que nos unen y nos vertebran, más allá de las agrias discrepancias que ha provocado el monotema.

· Hay consenso mayoritario en que Cataluña tiene que seguir formando parte de la Unión Europea (UE) y de la eurozona, con todas las ventajas y obligaciones que ello comporta. Por lo tanto, las reiteradas advertencias de las autoridades comunitarias que la independencia de Cataluña es incompatible con los principios y los tratados que ligan a los miembros de la UE nos las tendríamos que tomar muy seriamente y dejar de hacer el sordo y el tonto. Perseverar en el mantra de la “república independiente” es estéril y no podemos perder más tiempo con imposibles.

· Hay consenso mayoritario en que Cataluña tiene unos rasgos identitarios propios que hay que conservar y proteger. Pero no exageremos: todos los pueblos del mundo, sean o no sean estados, tienen sus particularidades (religiosas, lingüísticas, gastronómicas, musicales...) heredadas de la evolución histórica y no por eso hay que declarar la guerra al vecino. Sin ir más lejos, la península Ibérica es un mosaico de diversidades culturales (gallegas, vascas, aragonesas, andaluzas, valencianas, castellanas...) que coexisten pacíficamente desde hace muchos siglos. Reconocer la especificidad catalana –que entronca con el sueño del imperio medieval perdido- en la Constitución española es tautológico, pero es gratis y sería un efectivo signo de distensión. También hay un amplio consenso para que la lengua catalana –junto con el español y el inglés- estén ampliamente presentes en nuestro sistema educativo.

· Hay consenso -aunque algunos intenten hacer de ello caballo de batalla para justificar la independencia de Cataluña- en que la solidaridad interterritorial tiene que existir y que la redistribución se tiene que hacer de manera transparente y con control. Esto pasa entre los barrios ricos/barrios pobres de las ciudades, entre las comarcas ricas/comarcas pobres de Cataluña, entre los países ricos/países pobres de la Unión Europea y también es lógico que pase entre las comunidades ricas/comunidades pobres del Estado español. Ajustar este flujo de recursos públicos con criterios de equidad y justicia es una tarea forzosamente compleja, pero que todas las administraciones de todo el mundo occidental afrontan y resuelven por la vía de la negociación política.

· Hay consenso mayoritario que tenemos que salvar el planeta de los efectos evidentes que ya tiene el cambio climático, que amenaza nuestras economías y nuestras vidas. Esto implica que todos tenemos que interiorizar unas nuevas pautas de conducta empresarial, consumista y social. En Cataluña, que tiene graves problemas ecológicos, la Generalitat y los ayuntamientos deben hacer frente común para encarar este reto de civilización y todos los partidos políticos –con un grado más o menos alto de compromiso- están de acuerdo.

· Hay consenso en que los Jordis, Oriol Junqueras, Joaquim Forn y los exiliados en Bruselas tienen que poder volver a casa cuanto antes mejor. Al fin y al cabo, la proclamada DUI del 27-O fue un coitus interruptus. Los sumarios abiertos tienen que seguir, como es obvio, su instrucción, pero esto no obsta para que el juez Pablo Llarena deje a los nueve en libertad en espera del juicio, como ha hecho con los otros ex-consejeros y la Mesa del Parlamento. Sólo con generosidad y amplitud de miras conseguiremos crear el ambiente propicio para la imprescindible normalización de la vida política y económica de Cataluña y de España. Tenemos derecho y nos lo merecemos.

A partir de estos amplios consensos, que la práctica totalidad de las fuerzas políticas que salgan elegidas este 21-D están en disposición de asumir (excepto la CUP), podemos empezar a escribir una nueva página en la historia de nuestro país, superando y enterrando el régimen pujolista de los últimos 37 años. Cataluña tiene futuro.
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