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CATALÁN CASTELLANO
07-12-2017
Cataluña no es el ombligo del mundo
Disiento de Carles Puigdemont: las elecciones de este 21-D no son una disyuntiva entre el “bloque independentista” y el “bloque del 155”, entre él y Mariano Rajoy. Afortunadamente, Cataluña es mucho más madura, diversa y plural que no esta visión cainita que nos quiere vender el fugitivo de Bruselas. No es con esta dinámica sectaria, negando y menospreciando los sentimientos y las razones del otro, que conseguiremos salir del callejón sin salida en el que estamos y sacar adelante el país. Cataluña no tiene porqué ser un drama. Al contrario, Cataluña puede ser una maravilla si sabemos aceptar y valorar su diversidad.

En el microcosmos de la política municipal tenemos muchísimos ejemplos de pactos y de colaboración leal entre partidos independentistas y partidos no independentistas para hacer posible la gobernabilidad de los ayuntamientos en beneficio del conjunto de la población. Bajo el liderazgo de Pasqual Maragall y José Montilla, la Generalitat también tuvo unos gobiernos de coalición que reunían dos partidos federalistas (PSC e ICV) con un partido secesionista (ERC) y que funcionaron razonablemente bien durante siete años.

Todas las encuestas que se publican estos días señalan un empate -punto arriba, punto abajo- entre las fuerzas independentistas y las fuerzas no independentistas, incluyendo a los comunes. Esta es la Cataluña real que tenemos y no la cambiaremos en los próximos veinte años. Por lo tanto, incidir en esta fractura en clave nacional, que nos lleva a la errónea y frustrante dialéctica de nosotros/ellos, de vencedores/vencidos, es una estrategia estresante y estéril.

Una sociedad no se puede estructurar desde las emociones, la rabia y la confrontación. Necesitamos que impere la razón, la empatía, el diálogo y la negociación en la etapa que se abre después del 21-D. Existe la tentación de repetir el esquema de la pasada legislatura, en la que el bloque independentista (Junts x Sí y la CUP) impuso su mayoría matemática al Parlamento.., con los resultados lamentables que todos conocemos y que algunos (Oriol Junqueras, Quim Forn y los Jordis) todavía sufren. También hay voces que propugnan un futuro gobierno constitucionalista que -en caso de que sumaran la mayoría PP, Ciutadans y PSC- tampoco es viable ni aconsejable.

En el actual contexto de la Unión Europea (UE) ya hemos constatado -ya lo sabíamos de antemano- que la segregación unilateral de una región/nación, sea Cataluña o Córcega, no tiene encaje posible. Esta es la gran lección que nos dejan los traumáticos acontecimientos de los últimos tres meses y, de hecho, de las siete fuerzas parlamentarias que tendrá el futuro Parlamento, sólo la CUP contempla la salida del club comunitario. La segunda gran lección es que, mal que nos pese, Cataluña no es el ombligo del mundo: con una demografía de 7,5 millones de habitantes no representamos más que el 1,5% de la población de la UE y el 0,1% de la población mundial. Para hacernos una idea: el área metropolitana de Tokio tiene 38 millones de habitantes. ¿Tenemos una lengua propia que nos identifica? Perfecto: en el mundo se hablan 7.000 idiomas diferentes y en la ONU no hay 7.000 estados independientes, hay 193. Por lo tanto, menos humos y más realpolitik.

La ecuación es muy sencilla de entender en todas las cancillerías del planeta: la Constitución española cumple todos los requisitos para ser considerada plenamente democrática y no prevé la celebración de un referéndum que pueda amputar su integridad territorial; ergo, si los catalanes queremos ser un Estado independiente, tenemos que conseguir, previamente, una reforma de la Constitución, votada en referéndum por la población española, que así lo contemple. Este es el camino y Bruselas y la ONU nos han dicho que los atajos y las trampas al solitario no valen. Insistir en la estrategia de la DUI nos instala en un permanente cul de sac indeseable, insostenible y terrorífico.

Por lo tanto, sea cual sea el resultado que nos dejen las urnas el 21-D, se impondrá la necesidad de llegar a pactos entre independentistas y no independentistas. Esta es la responsabilidad de nuestros políticos y por eso cobran unos buenos salarios de los presupuestos públicos. Una constatación: después de cinco años de desgobierno y cuatro elecciones en siete años, Cataluña está cabreada y exhausta. La factura que hemos pagado por la agonía y el entierro del pujolismo nos ha dejado arruinados, endeudados y con la vergüenza de ver la Generalitat intervenida.

Si los políticos catalanes son incapaces de llegar a acuerdos para dotar a Cataluña de un gobierno sólido y estable a cuatro años y nos abocan a unas nuevas elecciones a corto plazo, la indignación ciudadana será implacable. Cuando los políticos son el problema y no la solución, el pueblo no perdona y castiga a los culpables en las urnas.
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