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CATALÁN CASTELLANO
21-11-2017
Dorar la píldora
Con afán de ampliar la base social del independentismo que, como se ha puesto reiteradamente de manifiesto en todas las elecciones al Parlament, no llega ni a la mitad de los votantes de Cataluña, el “procés” se ha dedicado a dorar la píldora, que significa dulcificar, disimular, un daño o perjuicio.

Así lo ha reconocido el propio ex-consejero de Sanidad, Toni Comín, que, desde Bruselas, ha declarado a una emisora que “el independentismo ha preferido escuchar la parte del relato más épica, más emocionante y más bonita", en contraposición a las voces que alertaban sobre "la represión del Estado" o "que los gobiernos europeos no nos reconocerían a la mañana siguiente de una DUI".


No queda claro en las palabras de Comín, qué abarca el sujeto independentista que cita. ¿Se refiere al “procés”, entendido como un todo, o al personal, asociado a él? En cualquier caso, sí reconoce explícitamente que no solo había un relato, que incluía la épica, la emoción y la lindeza, sino que éste se sobreponía, dominaba, todo lo demás: es decir, lo que él califica de represión del Estado (más correctamente, la reacción del Estado) o que los gobiernos europeos no nos reconocerían… En definitiva, viene a decir Comín, con la boca pequeña, claro, que la ilusión se superpuso a la razón en el “procés”. Que los artificios, mentiras y mentirijillas, encantamientos…, propios de la épica, la emoción y la guapura, constituyen el fundamento de la aventura independentista.


En esta misma perspectiva, el “procés”, quizá contaminado por las “entidades”, producto del gabinete oscuro de Oriol Soler y sus colegas, o vaya usted a saber, se presenta a sí mismo como una especie de gran ONG. Un artefacto del buen rollito, de la buena gente (frente a los malos), una causa sublime, sin fisuras y, sobre todo, sin intereses. Para muestra un botón. Forofos de la no-violencia adscritos al “procés”, entre los que se encuentran algunos discípulos de Lluís Maria Xirinacs (que no están reñidos con el pesebre), no dudaron en adiestrar, de manera improvisada, a gente utilizada como escudos humanos en la triste jornada del 1-O.


Pero lo más curioso del caso es que, lejos de reconocer los propios errores (quizá imposible dada su dimensión), Comín deduce que el asunto está teniendo curvas más complicadas de las que la gente podía prever". O sea, que las “curvas” (así se pueden ahora denominar desastres como la escisión social, la psicotización, la estampida de centenares de empresas, etc. etc.) no son cosa de quienes lo han propiciado, sino de la “gente”. Gente, simple, que vivía el “procés” como una fiesta mayor y no se había enterado que el tema era mucho más gordo de lo que podría parecer.


Consideración que, procediendo de uno de los máximos responsables del “procés”, parece reflejar lo que en psicología se denomina mitomanía, un trastorno de la personalidad que hace que el sujeto tergiverse y modifique la realidad para ajustarla a sus deseos, actuando éste como si sus fantasías fueran la realidad. A no ser que los narradores del “procés” son, en realidad, fabricantes de píldoras, algo que Sebastián de Covarrubias definió como “unas pelotillas medicinales y purgativas, que se toman por la boca y los boticarios suelen dorarlas para disimular el amargo del acíbar que llevan dentro”.

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