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CATALÁN CASTELLANO
31-10-2017
El fantasma de la independencia
La República Catalana que se han sacado de la manga Carles Puigdemont y Oriol Junqueras es una fantasmada. La resolución aprobada el pasado viernes 27 en el Parlamento fue papel mojado y la proclamación oficial de la independencia no consta en el DOGC ni en el BOPC. La bandera española no ha dejado de ondear en el Palau de la Generalitat, ni siquiera en el lapso de tiempo que pasó antes de que el presidente Mariano Rajoy anunciara la entrada en vigor del artículo 155 y la destitución del gobierno catalán, entre otras medidas adoptadas en la reunión extraordinaria del consejo de ministros.

Yo ya vengo explicando desde hace muchos años que el procés es un monumental tongo político que no tiene por objetivo la declaración de la independencia -absolutamente inviable en el marco de la Unión Europea (UE)- sino presionar y asustar al gobierno de Madrid con una doble finalidad, como ya pasó con las movilizaciones en la calle a raíz de la querella criminal por la quiebra de Banca Catalana (1984): conseguir que se pare la persecución judicial por los casos de corrupción que afectan al núcleo duro del soberanismo (caso Pujol y caso 3%, principalmente) y contra los máximos dirigentes del movimiento (Artur Mas, los Jordis, Carme Forcadell...); y pescar un buen puñado de peces para añadirlos al saco y, si se tercia, una reforma de la Constitución española del 1978 para blindar las competencias más emblemáticas de la Generalitat.

Que la independencia de Cataluña es una gigantesca obra de teatro -creada por unos genios de la prestidigitación y del marketing, con un gran presupuesto a su disposición- lo han pillado enseguida las antenas diplomáticas de las principales potencias mundiales. No sólo la UE, en la medida que si triunfa la secesión de Cataluña puede desencadenar un letal efecto mimético que desmontaría el edificio comunitario. Incluso países que, objetivamente, podrían estar interesados en desestabilizar y debilitar el proyecto europeo, como los Estados Unidos de Donald Trump, la Rusia de Vladimir Putin o la China de Xi Jinping, han valorado que esto no es serio y se han pronunciado explícitamente en contra de la supuesta independencia catalana.

El desastre es total y el ridículo es espantoso. Pero los promotores del procés sí que han conseguido una cosa: que, a partir de ahora, Cataluña sea un lugar poco fiable donde no es aconsejable hacer inversiones en proyectos de largo recorrido, como por ejemplo los industriales. El fantasma de la independencia se pasea arriba y abajo del país y asusta a las criaturas y ya se sabe que no hay nada más miedoso que el dinero. No hay una aduana en el Ebro, pero hemos creado una frontera invisible que ha convertido Cataluña en un territorio áspero, desagradable y antipático, que no apetece ni visitar ni conocer ni, mucho menos, hacer negocios.

No tenemos independencia, pero tenemos un montón de independentistas que no están dispuestos a renunciar a su sueño y que disponen de importantes resortes de poder institucional, como por ejemplo la mayoría de ayuntamientos, los consejos comarcales y las cuatro diputaciones. Esto, ahora que han perdido el control de la Generalitat, les da una sólida base de financiación para mantener viva la llama de la secesión del Estado español. No se rendirán y eso es legal y legítimo.

Pero los efectos devastadores que esta desestabilización permanente tiene sobre la economía cotidiana y real de las empresas y de la gente no pararán y empeorarán. Cataluña, con una República a medias, ya se ha convertido en una zona altamente inestable del planeta donde el futuro a corto plazo está lleno de interrogantes y donde no es aconsejable enterrar ni un euro. De momento, los independentistas han sido derrotados por Mariano Rajoy con la aplicación del artículo 155. Pero, ¿que pasará si el bloque secesionista gana claramente las elecciones del 21-D? ¿O las próximas municipales y europeas? ¿O mantienen la agitación al máximo con la esperanza de ser independientes de aquí a 20 años? Incertidumbre y más incertidumbre.

La pervivencia del proyecto independentista nos lleva, inexorablemente, a la ruina colectiva. Si este es el camino que han elegido los cerebros que dirigen la masa estelada y es lo que la gente vota mayoritariamente, ellos sabrán qué hacen, pero, al menos, que lo digan claramente: queremos destruir Cataluña y que los catalanes nos muramos de hambre y emigremos.
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