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CATALÁN CASTELLANO
03-10-2017
Dimisión
No era un referéndum. De acuerdo. No era legal porque vulneraba todos los principios legales que garantizan que lo sea. De acuerdo. El gobierno catalán ha tomado el camino de en medio obviando todas las garantías democráticas que darían legitimidad a la convocatoria. De acuerdo. El bloque procesista ha manipulado a la opinión pública catalana, ha pervertido el funcionamiento del Parlamento y ha controlado a los medios de comunicación públicos y privados subvencionados hasta el vómito. De acuerdo. El ejecutivo Puigdemont no ha tenido ningún escrúpulo a la hora de utilizar a los ciudadanos como carne de cañón en su pulso con el gobierno Rajoy. De acuerdo. El discurso maniqueo de buenos y malos para enfrentar a los pueblos no tendría que haber existido nunca. De acuerdo.

Sin embargo, el domingo pasado Rajoy y su imperio de la ley convirtió a muchos catalanes en independentistas. Los helicópteros policiales sobrevolaron Barcelona desde la medianoche para intimidarnos pero a pesar del sueño, salí a la calle a primera hora de la mañana para garantizar que la gente que quería votar lo pudiera hacer porque ejercer el derecho al voto se había convertido en un símbolo de resistencia. Estuve horas bajo la lluvia haciendo piña con gente que no pensaba igual que yo. Aguanté los empujones de una policía enloquecida que lo único que buscaba era hacernos daño. Grité hasta quedarme afónica ante tanto salvajismo. Lloré de rabia al ver cómo pegaban a mis vecinos. Sentí vergüenza al escuchar tanto silencio cómplice, aquí y allí, de supuestos demócratas.

En mi colegio electoral, el Ramon Llull, no se pudo votar porque los policías robaron urnas y papeletas después de romper la puerta a golpes, y la violencia de la que fuimos objeto fue recogida con pelos y señales por los corresponsales extranjeros des del aparcamiento del Bicing de Consell de Cent con Sardenya. En la escuela de la calle Ausiàs March la cola daba la vuelta a la manzana y la gente aguantó pacientemente durante más de cuatro horas hasta que les llegó el turno de votar. Se priorizaba el paso a las personas con movilidad reducida y a los abuelos y abuelas, nos explicó la regidora Lecha con su habitual cara de pocos amigos sumada a una noche de insomnio y nervios. Dentro, dos mesas y mucha gente joven controlando los accesos para que no se colase ningún policía disfrazado de persona. Cada voto, un aplauso y un grito desafiador: ¡He votado! Ante la escuela, un cordón de centenares de personas protegiendo la puerta.

El 1-O no era un referéndum. De acuerdo. El 1-O no era legal. De acuerdo. El 1-O no era vinculante. De acuerdo. No era nada de nada porque el intransigente presidente Rajoy no lo ha querido nunca, supongo que por su manifiesta incapacidad para resolver los conflictos políticos con política y preferir la represión como sus antepasados franquistas. ¿Por qué tanto miedo de la gente? ¿Por qué tanta violencia para evitar que se pudiese celebrar una nueva barbacoa? ¿Por qué tanta mentira asegurando que no se votó cuando sí se hizo? Sólo se me ocurre una respuesta y no rima con democracia.

Convertir Barcelona en una ciudad sitiada con un despliegue policial impropio de un país democrático ha generado imágenes de gran violencia que han dado la vuelta al mundo y que suponen un punto de inflexión gravísimo que sólo se puede reconducir con dimisiones políticas de alto nivel. Comenzando por Carles Puigdemont, que no ha dudado en tirarnos a los leones para poder exigir después al gobierno popular que negocie. Por cierto, ¿dónde estaba escondido Puigdemont y su cabellera cuando la policía nos rompía la cabeza a golpes? Y acabando por Mariano Rajoy, que pasará a la historia por ser el presidente más indigno de la democracia española con el permiso de Aznar. Cualquier intento de reconducir este choque de trenes será un fracaso mientras estos dos lleven las riendas.
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