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CATALÁN CASTELLANO
30-09-2017
La estrategia

Parecía que Pablo Iglesias tenía una estrategia, si así se la puede denominar, para desalojar a Mariano Rajoy del Gobierno. Los hechos están poniendo en evidencia que no hay por dónde agarrarla.

A mediados de junio, Podemos presentó una moción de censura contra Rajoy, más como operación publicitaria, pedagógica o de agitación que como mecanismo para cambiar de presidente y de gobierno porque, como así se puso de manifiesto, no disponía de los votos suficientes para poder prosperar. Votaron en contra los 134 diputados del PP, 32 de Ciudadanos y dos de Foro Asturias y Coalición Canaria, respectivamente. Se abstuvieron los 84 del PSOE, 8 del PDECat y 5 del PNV. Votaron a favor, además de los 67 diputados de Unidos Podemos-En Comú-En Marea, los 4 de Compromís, 9 de ERC y dos de Bildu.


Después de sentirse como uno puede estarlo después de ladrar a la luna (como decía Arzallus de Aznar), Iglesias pidió a Pedro Sánchez, aún muy convaleciente de la grave crisis que acababa de sufrir su partido, que fuera él quien presentara una nueva moción de censura. Y, seguramente, se puso a maquinar para que le salieran las cuentas. Cosa que no era posible sin los votos de ERC y de alguien más, como PDECat, PNV o ambos.


Nada de extraño pues, que Iglesias pegara la hebra con los socios de Junts pel Sí y, como sucede en política, se hablara de peajes mutuos. Por ejemplo, “si vosotros me apoyáis en la moción de censura, yo os hago algún favor en Cataluña”. Así, cuando bajo palio de monseñor Jaume Roures, se celebró el 22 de agosto la cena Iglesias-Junqueras, todo el mundo estaba al cabo de la calle de lo que se estaba cociendo.


Asesorado quizá por Xavier Domènech, Pablo Iglesias lanzó, con la boca pequeña, la consigna de que el 1-O no era el referéndum que necesitaba Cataluña y con la grande que había que participar en él, como “movilización”. Simbióticos o adelantados, los Comunes siguieron la estela y cayeron, como ratones, en su propio cepo. El pluralismo, del que tanta gala han venido haciendo, ha acabado como el intento de mezclar agua con aceite. Los nacionalistas comunes o los comunes nacionalistas, en franca minoría (al igual que en el país), se han acabado imponiendo, contribuyendo poderosamente con ello a que la estrategia de Pablo Iglesias acabe valiendo lo que vale un pimiento.


En tal sentido cabe preguntarse algunas cosas, como por ejemplo: ¿Había consensuado Pablo Iglesias alguna estrategia con Pedro Sánchez (que es quien tiene la palabra de una nueva moción de censura) antes de empezar a bailarle el agua a los nacionalistas catalanes?, ¿se ha dejado quizá arrastrar por un subconsciente ramalazo izquierdista, que tanto culto profesa a la movilización, donde sea, como sea y por lo que sea?, ¿sabe algo, en fin, Pablo Iglesias del nacionalismo y de su temible potencialidad tóxica?

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