ElTriangle.eu - Diario digital de información, análisis y opinión

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CATALÁN CASTELLANO
11-05-2017
La controversia vende
Del coro mediático global (“los grandes medios”, según ellos mismos), surge un profundo lamento por el mal trago que, dicen, les está haciendo pasar Donald Trump. Lo cual no parece ser óbice para que se estén forrando con las supuestas hostilidades entre el presidente y lo que él considera la industria de “noticias falsas”. O sea, la controversia vende.

Sin ir más lejos, “Trump dispara contra los grandes medios”, titulaba El País, el pasado domingo 7, una información firmada por Jan Martínez Ahrens desde Washington. “Alcanzada la Casa Blanca -decía Ahrens- llevó esta pulsión (domesticar, aplastar a los periodistas) hasta el paroxismo y emprendió la mayor batalla planteada por un presidente de Estados Unidos contra el cuarto poder (…) la ofensiva pasará a la historia. En la diana figuran -enumeraba Ahrens- The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal, CNN, la BBC… La plana mayor del periodismo mundial”. “Las espadas están en alto. Lo medios no ceden. En un pulso casi épico siguen investigando con más ardor que nunca y a diario descubren las mentiras y medias verdades del presidente”, concluía, más bien fogoso, el informador.

La decisión del presidente de no participar en la tradicional cena de los corresponsales ante la Casa Blanca ha exacerbado esta aparente guerra entre Trump y la prensa, a la que el príncipe de las tinieblas, Steve Bannon, llama “la oposición”. Justamente, lo que parece buscar desesperadamente El País: convertirse en la referencia de la democracia y, en consecuencia, decir a unos y a otros qué es lo que tienen o no que hacer. Cosa que, claro, no está reñida con los beneficios, sino todo lo contrario.

Mientras Donald Trump usa la prensa para desviar la atención de las malas noticias, los medios se benefician de un aumento de lectores y espectadores que buscan información creíble sobre el gobierno, o la dosis diaria de trumpismo. Diarios como The New York Times han aumentado su circulación desde la victoria de Trump, y lo mismo ocurre con el número de espectadores en los canales de noticias por cable.

Sin embargo el presidente concede entrevistas a casi todas las grandes teles, llama personalmente a periodistas a los que humilla públicamente, etc. Con lo cual la tan cacareada guerra Trump-medios no es tal cosa, sino más bien algo de espectáculo, de entertainment. El propio presidente, tras esta guerra falsa con la prensa (al tiempo que su equipo mantiene muy activas relaciones con periodistas), no se corta ni un pelo en reconocer públicamente que no ataca para denigrar a la prensa sino porque eso es muy popular entre sus electores. Y sus electores aman los titulares que ello genera. La controversia no funcionaría, claro, sin buenos y malos. Un sondeo de Gallup señala que para el 37 % de los encuestados los medios de prensa “no son suficientemente duros” con Donald Trump, mientras que para el 32 % son “demasiados duros”.

En un documentado artículo firmado por Pablo Elorduy en El Salto, Pere Rusiñol cree que “hay un marco de referencia, en el que los grandes medios controlaban el cotarro y los partidos tenían que adaptarse a ello o contar con las palancas políticas para adaptar ese marco. Un marco del que parece que no hemos llegado a salir nunca, pese al auge de medios independientes vivido en la década de los 10”. Y ese es el marco en el que interactúan Trump y los grandes medios que, por cierto, no hacen sino probar su propia medicina, dada su incorregible afición a las medias verdades, generalizaciones, manipulación del lenguaje, intoxicación informativa, campañas, mentiras puras y duras, etc. etc. etc.

“Protegidos y temidos por el poder político, protegidos y dirigidos por el sector financiero, los medios de comunicación de masas configuran todos los días el espacio de lo posible, de lo que interesa y de aquello de lo que no se tiene que hablar”, concluye Pablo Elorduy. Por eso, los aullidos de los grandes medios, siendo lo que son y haciendo lo que hacen, sólo son trampillas para mantener su protagonismo y con ello los ingresos. Mal que le pese a El País.
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