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CATALÁN CASTELLANO
J. Brezo 19-03-2017
El Barça aplazará el nuevo estadio para poder renovar a Leo Messi
Habrá que pagarle más de 100 millones para compensar la prima de fichaje que le darían el PSG y el City si quedara libre el verano del 2018
Leo Messi y el FC Barcelona están condenados a entenderse. El tiempo y las circunstancias juegan a favor del delantero.
A pesar de que la prensa le recrimina que apenas conceda entrevistas, bien es verdad que el barcelonismo entiende y acepta sin alterarse tanto este silencio mediático, al fin y al cabo intrascendente, como el secretismo cerrado en esta gran decisión pendiente sobre su futuro más allá de la fecha de caducidad de su actual contrato, el 30 de junio del 2018. Esto quiere decir que, cuando sólo faltan nueve meses para poder negociar libremente con quienes quiera a cambio de la mayor prima de fichaje que ningún otro deportista haya podido cobrar nunca, Leo Messi posee el control absoluto de una subasta en la cual al menos dos clubes, PSG y Manchester City, pagarían hoy 150 millones de euros para empezar la licitación.

Igualmente, si el FC Barcelona persigue ligar su continuidad, tendrá que pagar un peaje económico parecido o superior, puesto que el último gran contrato de Messi, que cumplirá 30 años en junio, lo firmará probablemente como Pichichi de la Liga y de la Champions, como Bota de Oro y quien sabe si con otra Pelota de Oro. El sí del mejor jugador de la historia, pero, no dependerá sólo de una cantidad desorbitante de dinero, sino de aspectos emocionales, deportivos, familiares y personales que sitúan al Barça como el club donde casi con toda seguridad Messi seguirá siempre.


UN GESTO DELATADOR

Este mismo futbolista tan moderado de palabras como generoso en compromiso, fútbol, goles y títulos, dio el pasado miércoles una muestra inequívoca de lo que verdaderamente siente por el Barça. Una cosa que nunca antes había hecho, como lanzarse a celebrar con la grada la locura del 6-1 sobre el PSG, culminando la mayor gesta futbolística del fútbol europeo en más de cien años, sólo se puede interpretar como un gesto que exige su continuidad.

La cuestión no es si Messi encajaría mal el menor regateo del club. Es que la misma afición no lo entendería, ni es una cosa que se plantee Josep Maria Bartomeu, obligado a firmar un cheque en blanco para no pasar a la historia como el presidente que dejó escapar Messi. No lo hará, por supuesto.

A esta situación se ha llegado porque el Barça no anticipó sus movimientos, pero también porque Jorge Messi, padre y representante del crac, jugó convenientemente sus cartas para tomar la máxima ventaja en este cruce en el que no habrá, cueste lo que cueste renovar Messi, la menor estrategia de presión, chantaje o extorsión. No lo ha hecho nunca ni ahora lo hará tampoco. Jorge Messi, por orden de su hijo, ha rechazado durante años una detrás de otra las insistentes y mareantes ofertas recibidas para irse, ofertas con las cuales habría doblado o triplicado sus ingresos sin ningún riesgo de ser condenados los dos a penas de prisión por delito fiscal.

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