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CATALÁN CASTELLANO
23-11-2016
¿’El País’, populista?
Cabría preguntarse si El País, a base de hablar tanto de populismo (y afectado por una especie de síndrome de Estocolmo), ¿no se estará convirtiendo precisamente en espejo del populismo?

Seguramente El País, a la hora de ilustrarse debidamente para diseñar, fabricar y difundir la etiqueta del populismo, habrá leído en la Wikipedia que “se trata de un concepto difícil de definir”. Así lo reconocen K. Llaneras y J. Pérez Colomer, firmantes de un artículo (“De Trump a Podemos: qué es el populismo”) en las propias páginas de El País. “Es posible, por tanto, hablar -dicen- de un populismo genérico”. A su juicio (citando a Benjamin Stanley, de la Universidad SWP de Varsovia) existe un mismo populismo que, claro, “difiere en el tipo de problemas que identifican y en las soluciones que ofrecen”, según sea de izquierdas o de derechas. O sea que el populismo es entonces un estilo más que una ideología, más forma que fondo.

Menos mal, porque de lo contrario la gente que forma parte o ha votado a Podemos se palparía la ropa cuando, como hace El País, se la asocia con Donald Trump, en nombre del populismo. Cosa que se agrava con la pulsión del diario a meter todo en el mismo saco, desde el Front National de Marine Le Pen, hasta el UKIP británico, pasando por el nacionalismo polaco, la xenofobia de Orban y, cómo no, Syriza. Y para aderezar el guiso, añade a menudo, sin cortarse un pelo, alguna perla como la de “antisistema”.

En cualquier caso y como sostiene Ralf Dahrendorf, también citado por Wikipedia, “el concepto de populismo es peyorativo”. Cosa que El País debe saber perfectamente porque de su redundante utilización del término se desprende una emanación más bien difamatoria. O, dicho con otras palabras, se califica a Podemos de populista para desprestigiarle. Y no contento con eso, el diario acaba sugiriendo eso de “Podemos-Trump, même combat”. Una aberración donde las haya, porque como muy bien decía J. Reixach en esta misma página de EL TRIANGLE, hay que llamar a las cosas por su nombre. Y el nombre de lo que es y hará Trump es fascismo. Es decir, sistema en su versión más caricaturesca y descarnada.

Todo el mundo está al cabo de la calle que tras el Brexit, la creación de un cuerpo paramilitar de 70.000 voluntarios en Polonia, las alambradas de Orban y las soflamas de Le Pen subyace la extrema derecha nacionalista, salvando las diferencias, muy similar a la que asoma el rostro al otro lado del Atlántico. Algo que tiene nombre, rotundo, y desde luego mucho más fácil de entender que el populismo a que los asocia El País.

En los años 30, cuando los fascismos proliferaban por Europa, nadie con dos dedos de frente se hubiera atrevido a equiparar a la Falange española con los comunistas, sino todo lo contrario. Eran enemigos declarados, aunque los falangistas se disfrazaran (algo tan populista) con la camisa azul proletaria y se autodenominaran nacional-sindicalistas. Y así en Italia, Alemania, Hungría…”Lo que Trump y Podemos tienen en común es su reivindicación de que las élites han fallado a la gente y han usurpado la democracia”, sostiene Duncan McDonnell, profesor de la universidad australiana de Griffith, citado por El País. Hallazgo intelectual sin precedentes, a la luz del diagnóstico universalmente compartido de que, efectivamente, no es sólo que las élites hayan fallado a la gente sino que de siempre, como su propio nombre indica, poco han tenido que ver unas y otra y, desde luego, que allí donde las élites pueden, usurpan la democracia o, lo que es lo mismo, la ponen al servicio de sus intereses.

En fin, llamando a las cosas por su nombre, nada más populista que la ceremonia de la confusión, prima hermana de la demagogia a que alude Ralf Dahrendorf, que oficia El País, y no solo él. Porque a todas luces, el periódico y los que con él coinciden fuerzan, retuercen y tergiversan los significados, con lo cual lo blanco puede volverse negro y viceversa. Siempre, claro está, no de manera inocente, sino llamativamente interesada. Omnes enim sua vilitatem.
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