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CATALÁN CASTELLANO
18-09-2016
La nueva Cataluña

Cataluña tiene un camino para fortalecer su personalidad colectiva y tener una voz propia en el mundo. Es el camino de la inteligencia, la tolerancia y la perseverancia. Pero las urgencias judiciales del clan Pujol se han aprovechado de las brasas independentistas que perviven desde las viejas guerras carlistas del siglo XIX para provocar el actual incendio secesionista que promueve la destrucción del rico tejido social de la Cataluña del siglo XXI. Para decirlo sencillamente: L'Hospitalet de Llobregat tiene cuatro veces la población de Vic. A partir de esta constatación demográfica, política y cultural, hablemos.

A mí me alarma que, como denuncia la Plataforma por la Lengua, el 90% de los productos que se venden en Cataluña no tengan la información en catalán en sus etiquetas. O que las relaciones con Aragón sean pésimas por culpa de unas dichosas obras de arte religiosas: un conflicto absurdo que, a buen seguro, con buena voluntad y empatía por ambas partes ya se habría resuelto satisfactoriamente hace años. O que haya familias castellanoparlantes que consideran vulnerados sus derechos lingüísticos en las escuelas públicas catalanas. Todos estaríamos de acuerdo en que el catalán-valenciano, una lengua hablada por diez millones de personas, tiene que tener presencia y reconocimiento en las instituciones de Bruselas.


Encuentro lógico y creo que es factible que las etiquetas de los productos incorporen las cuatro lenguas que, con un número significativo de usuarios, se hablan en la Península Ibérica: el español, el catalán/valenciano, el gallego/portugués y el euskera. Esta reforma ayudaría a ablandar unas relaciones entre territorios innecesariamente tensadas por miserables motivos políticos. Es sólo un ejemplo aplicable a infinidad de aspectos cotidianos, asumidos por una inmensa mayoría de la población, que, sin duda, perfeccionarían el Estado de las Autonomías y nos dirigirían, sin prisas, hacia la anhelada Confederación Ibérica.


La civilización de Internet, en la cual estamos inmersos, está cambiando vertiginosamente nuestras coordenadas personales y sociales. De repente, el mundo no tiene fronteras –para quienes tenemos pasaporte y visado- y, con la excepción de la terrible guerra de exterminio que tiene por escenario Siria/Iraq/Yemen, vivimos en un planeta en paz, después de siglos y siglos de horribles conflictos bélicos. Todos podemos estar perfectamente informados e interconectados. La extraordinaria expansión del tránsito aéreo y el auge de las líneas low cost hacen que la globalización también sea presencial, no sólo digital.


En este nuevo contexto, hay que repensar los fundamentos, los objetivos y las estrategias del catalanismo. La independencia es una reacción de impotencia que hemos heredado automáticamente de épocas pretéritas, pero que ya no sirve para afrontar y solucionar los problemas actuales de nuestra sociedad, mezclada y abierta. Cataluña es Europa y Europa nunca aceptará la secesión de una región: ¡hay 300!


Internet hace que las voces y las opiniones se multipliquen ‘ad infinitum’, sustituyendo la manera de estructurar y de hacer funcionar las organizaciones. Ya no valen las jerarquías ni las consignas, propias de la era televisiva dirigista. Ahora se está diluyendo el principio de autoridad paterna/paternalista y vamos hacia una sociedad basada, para avanzar, en los consensos amplios, donde las mujeres y los sabios/as tienen y tendrán cada vez más a decir. En este sentido, la secesión de Cataluña no suscita consenso. Provoca rechazo y adhesión a partes iguales y, por lo tanto, es una idea y un proyecto no-útil y abocado al fracaso. Lo ha reconocido implícitamente el consejero Raül Romeva durante su visita a los Estados Unidos.


Cataluña tiene que reencontrar su camino perdido por la vía de los consensos más amplios posibles. La confrontación testosterónica y la ‘guerra’ ya no están de moda en el siglo XXI. Somos el 1,5% de la población de la Unión Europea y es obvio que necesitamos aliados para “ser” y para “continuar siendo”. Estos aliados sólo los encontraremos, de manera sólida, en nuestros vecinos más inmediatos de siempre: los pueblos ibéricos –encuadrados en España y Portugal- y los pueblos occitanos, en Francia. ¡No son nuestros enemigos! ¡Son nuestros socios preferentes y amigos! El actual arco parlamentario catalán, con independencia de la independencia, puede generar amplísimos e importantes consensos políticos –desde PP y Ciutadans hasta ERC, o desde el PSC hasta la CUP- que hagan avanzar realmente los intereses de la inmensa mayoría social de Cataluña.


La verdadera “revolución” que hemos vivido aquí ha sido la caída del clan Pujol y el comienzo del fin de la impunidad de las “400 familias” que mencionó Fèlix Millet. La vieja Cataluña ha quedado destruida y arrasada. Es sobre este desierto –antes llamado “oasis”- que debemos construir la nueva Cataluña de las mujeres y de los sabios/se, guiada por la creación y la implementación de consensos.

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