Escritora y feminista. Acaba de publicar su diario 1995-1996, con el título "Todos llevan máscara", acogido con muy buena crítica. Un libro bastante insólito, porque es algo íntimo (de lo cual en España no hay tradición) y especialmente sincero.


¿Ha desplazado el "Procés" de la sociedad catalana cualquier cuestión que no está en su foco?

La disputa sobre las emociones identitarias y, secundariamente, el debate sobre la organización territorial, está ocultado cuestiones mucho más importantes, urgentes y que afectan sobre todo a la parte más vulnerable de la población. Los sentimientos de identidad y la disputa por el poder territorial, interesan básicamente a los sectores privilegiado (cosa que no quiere decir que sean ricos, aunque también), a quienes están en Cataluña desde hace más tiempo y, por tanto, tienen los privilegios propios de quien está asentado. La disputa afecta a las cuotas de poder de ese sector de la población. Me preocupan más los inmigrantes, la gente que está en una situación de precariedad y de pobreza. Y me preocupan más las mujeres que sufren la desigualdad. 

¿Están también presentes en esta situación factores de clase?

El nacionalismo está liderado por sectores de la burguesía catalana, que quieren que el país sea solo suyo, como así lo expresó Ernest Maragall, cuando dijo lo de que "el país será siempre nuestro". Una frase muy reveladora de su pensamiento. Quieren seguir siendo el sector líder y privilegiado y haciendo bandera de ciertos agravios reales o imaginarios, y con ello están ocultando la desigualdad, mucho más grave, que sufren otros sectores de la población. Cuando veo esta disputa nacionalista, me acuerdo de la novela de Najat el Hachmi "El último patriarca" y también de otras posteriores, situadas en la comunidad marroquí en Cataluña, donde se ve a personas muy pobres, muy excluidas, muy marginadas y, dentro de ellas, a las mujeres, que están mucho más oprimidas ¿Quién se preocupa por ellos? ¿Qué tiene que ver con ellos la disputa nacional? La controversia por el poder territorial es algo que interesa fundamentalmente a las élites.

¿Qué lugar ocupan las mujeres en el "Procés"?

Entiendo el razonamiento por el cual hay feministas que apoyan el "Procés" y están a favor de la independencia. Creen que la independencia de Cataluña sería una oportunidad para crear una sociedad política más justa, una ventana de oportunidad para empezar desde cero y construir una sociedad mejor. Lo entiendo, pero no lo comparto, porque creo que quienes están liderando el "Procés" han dado muestras más que suficientes de no tener nada de revolucionario, sino que, por el contrario, de albergar tendencias autoritarias, xenófobas y de cubrir la corrupción. Lo que hemos visto con la ley de transitoriedad jurídica, que preveía que la cúpula del poder judicial en un hipotético Estado catalán fuera nombrada directamente por el Ejecutivo, es una muestra clarísima de estas tendencias autoritarias. El primer gobierno de Torra, antes de corregirlo, no era nada paritario. Lo cual demuestra que, desde luego, el feminismo no forma parte de sus prioridades. Y, además, la tolerancia con la corrupción propia hace dudar de esa intención de transparencia que ellos alegan. Con todo respeto y cariño para mis amigas feministas independentistas, creo que se equivocan. Que un Estado independiente en las circunstancias actuales, y con sus líderes actuales, que son los que son, no sería más igualitario, democrático o justo que el Estado español. Tan susceptible de reforma es el Estado español, como la sociedad catalana. Los problemas, las injusticias y las desigualdades no son distintas en Cataluña que en el resto de España.

¿La asociación entre nacionalismo y condición de catalán o, ahora, nacionalista como sinónimo de demócrata, proclamado por el "Procés", constituye, digamos, una especie de delito de apropiación indebida?

Uno de los problemas más graves que padecemos es que el sector independentista de la sociedad catalana cree representar o encarnar la única Cataluña. Siempre habla en nombre de Cataluña entera, olvidando que más de la mitad de la población catalana no es independentista y que las elecciones, nos guste o no, las ha ganado la señora Inés Arrimadas. Como catalana no independentista, me ofende constantemente ese discurso con el que los independentistas se apropian de la voz de Cataluña. Hablan en nombre de todos nosotros, cuando la mayoría no somos independentistas.

¿En el ámbito específico del feminismo, se ha producido una desconexión del movimiento con los del conjunto de España, como consecuencia de la erosión nacionalista?

No hay tanta desconexión. El feminismo une a las mujeres, más allá de muchas cosas, porque los problemas son comunes, los sufrimos todas. El feminismo puede parecer un movimiento disperso, porque no dispone de vínculos muy orgánicos. Es un movimiento más social que político, aunque sus objetivos y su crítica si lo son. Hoy por hoy, no está organizado en forma de partidos, pero tiene mucha fuerza, capacidad de movilización y voluntad e trasformación. Creo que existe una conexión sólida y mucha solidaridad entre los diferentes movimientos feministas, por encima de las diferencias territoriales.

¿Qué papel juega o debiera jugar la cultura en las luchas de las mujeres por la igualdad?

Uno de los grandes obstáculos a la igualdad entre mujeres y hombres es un ámbito en el que, hasta hace poco, el feminismo apenas había reparado, (porque tiene cosas más urgentes que resolver, como la violencia contra las mujeres) que es la cultura, y con ella la educación. Y no tanto a su acceso a ella como a su contenido. Mientras el imaginario que compartimos y que se difunde socialmente esté tan contaminado por el machismo, va a ser muy difícil que las actitudes cambien. Las leyes se están transformando, pero las conductas siguen muy ancladas en la desigualdad. Por ejemplo, ya no hay ningún obstáculo legal para que las mujeres aspiremos a ejercer el poder en casi todos los ámbitos, con excepciones claro como la Iglesia católica, que me parece algo escandalosamente anticonstitucional. Pero ¿Qué nos frena? Nos frena el que en la cultura dominante la representación de la mujer siempre es odiosa: histérica, insoportable, sola y a la que todo el mundo odia. Eso va desde las caricaturas de Margaret Thatcher hasta Cruella de Vil. La cultura sigue ofreciéndonos como ideal la mujer complaciente, sexi, sumisa, atractiva, joven… Y eso hace difícil a las mujeres aspirar a unos modelos que ni siquiera vemos.

¿Son los mitos nacionalistas especialmente machistas y patriarcales, incluido el caso catalán?

La historia, tal como se relata, es transmisora de valores patriarcales. No es algo exclusivo del nacionalismo sino de cómo se cuenta la historia. La historia de las naciones, de la ciencia o del arte. Su cuenta olvidando a la mitad de la población y como una historia de grandes hombres o genios. De individuos, que siempre son varones y de la etnia dominante.

¿Podemos ser optimistas, como así parecen poner de manifiesto las cosas, respecto al papel de las mujeres en la sociedad?

Si, podemos ser optimistas. Las mujeres estamos llevando a cabo una revolución pacífica, que está contribuyendo a democratizar y humanizar las sociedades. Lo estamos haciendo desde finales del siglo XVIII, sin derramar sangre (de lo que debemos estar muy orgullosas) y que ha transformado las cosas de forma mucho más positiva y duradera que muchos movimientos políticos, que han llegado, han causado destrozos y han pasado. Pero esto no significa que debamos bajar la guardia, porque la igualdad no es solamente cuestión de tiempo, como mucha gente puede creer. El tiempo, por sí solo, no transforma nada. Las cosas las hacemos las personas, siempre expuestas a vueltas atrás y resistencias. El infame proyecto de ley de Gallardón pone de manifiesto que cualquier conquista es reversible y está en peligro.

¿No hay algo de impostado, por ejemplo, en el campo de la política, respecto a la igualdad de género?

La política es nuestro país demuestra que las cuotas son necesarias y que, en cierto modo, es casi lo único que funciona. Estamos viendo en la cima de la política una presencia de mujeres, que todavía no es igualitaria, pero si considerable, más significativa que, por ejemplo, en el Ibex 35, en el Ejército o en la Conferencia Episcopal. Las cuotas son necesarias. Los valores y actitudes en la política no son tanto masculinos como propios de quien tiene el poder. No tienen nada de biológicamente masculino. Cuando las mujeres acceden a la política, en parte se masculinizan sí, pero también feminizan la política. Y para que esto se profundice tienen que ser más numerosas.

¿Y volviendo a la Iglesia y las mujeres?

La Iglesia, que encarna una ideología y normas absolutamente patriarcales, se permite el lujo de prohibir el acceso a las mujeres al poder en su seno. Me sorprende que no sea más cuestionada; que personas y movimientos tan críticos, por ejemplo, con la Monarquía, no lo sean con la Iglesia.