Periodista y cineasta. Profesor de comunicación audiovisual en la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de numerosas películas, entre ellas “Bucarest”, “Al final de la escapada”, y el documental “Federal”. Ha obtenido un Goya, dos Gaudí y otros premios. Forma parte de Federalistes d’Esquerres.

 

¿Ocupa la política un lugar destacado en su vida?

Como dice Sergi Pamies, los hijos de los políticos somos como Obelix. Caímos en la marmita de la política de pequeños y seamos o no militantes llevamos la política muy metida en el hipotálamo. Si aparte de ese factor circunstancial (venir de una familia de mucha raigambre política) se da el que soy un ciudadano interesado por lo que pasa, obviamente la cuestión política no es solo la que me preocupa más sino la que mediatiza cada una de las cosas que hago. Incluso cuando toco en mis películas temas que no son políticos, ésta acaba saliendo. Y, por supuesto, la industria cultural tiene mucho que ver con la política.

¿Por tu apellido, se siente interpelado por las disputas políticas, y específicamente por el “Procés” y su entorno?

Yo viví en propia piel, junto a mi padre, todo lo que ahora se ha querido demonizar como “régimen de la transición”. Momentos de extrema gravedad, porque se tuvo que pactar con el enemigo, más enemigo. Hoy en día ni siquiera somos capaces de pactar con el enemigo ligero o con el amigo no íntimo. Somos incapaces de pactar con el de al lado, cuando en los años de transición hubo que pactar desde la extrema izquierda a la extrema derecha. Allí se demostró que era capacidad de hacer política, en la medida en había que renunciar a lo que uno le parece irrenunciable en aras a algo superior, como era un régimen democrático. Hoy no somos capaces de pactar ni las cosas más elementales, lo cual hace ver que la clase política es infinitamente de peor calidad que la que hubo en el tan denostado régimen del 78. Esto en lo que afecta a mi apellido.

¿Desde esa perspectiva, como aparece el actual paisaje político catalán?

Teniendo la edad de los que deberían estar ahora mismo encendidos en las calles con el lacito amarillo (Puigdemont es de mi edad), dispongo de un conocimiento histórico para valorar muchísimo lo que se hizo en los años de la transición y en el período constituyente. Lo cual me lleva a un auténtico colapso a la hora de entender lo que está pasando ¿Porque mirando aquello, desde que parámetros se puede ver la locura, la sicopatología social, que se ha apoderado de esa sociedad? ¿Cómo explicar que se considere normal que un presentador de la televisión pública pueda salir con una camiseta de Puigdemont? ¿O las expresiones de violencia verbal hacia gente de gran honorabilidad, como Juan Manuel Serrat, que únicamente por mostrar una discrepancia con el Procés es absolutamente satanizado, insultado y vituperado en las redes?

¿Cómo se vive la cultura en la atmósfera nacionalista dominante? 

Mi oficio como creador y productor, dentro de las industrias culturales, está absolutamente afectado por lo que nos está pasando. Y eso se nota en el día a día, porque, más allá de la crisis política, lo que hemos conseguido tener es una gran crisis cultural. Como creador cultural, me siento como el jamón del bocadillo, que mi libertad de creación se ha reducido a mínimos, similares a los de la época de la Dictadura, y mi libertad de expresión también. No hay más que ver el tipo de películas que se están produciendo en un lado y en otro, porque tipo de productos apuestan las televisiones, etc., para entender una dicotomía, que nos obliga a posicionarnos con unos u otros, o nos jibarizamos, que es lo que nos está pasando.

¿Y cuál es la aportación de los medios de comunicación públicos de Cataluña a este estado de cosas?

El único y gran proyecto de pujolismo fue crear una televisión. Pujol es televisión. Por ella pasó su mensaje de ambigüedad calculada, con el cual crecimos toda una generación: “Voy a Madrid y digo una cosa y aquí digo otra y siempre que se acercan elecciones saco una bandera, lanzo al aire un agravio comparativo y gano”. Esto no fue exclusivo de Pujol, porque algunas autonomías han acabado jugando a ello, pero a pesar de todo se mantuvo un cierto fair play, hasta el enloquecimiento de los últimos años. Así hemos bajado al cenagal de cadenas como Telemadrid que, en la época más oscura de Esperanza Aguirre, se había convertido en un medio de agitprop. Y hora, con los medios de comunicación públicos catalanes pasa lo mismo. Lo cual es una pena, porque es verdad que en ellos hay un buen capital humano. Han hecho, por ejemplo, para el mundo del documental, más cosas que casi ninguna otra cadena. Pero se les han puesto a trabajar en la misma dirección. Con lo cual, los productores estamos vendidos. Cuando íbamos a TVE había que proponer temas de exaltación de las glorias nacionales y aquí lo mismo, pero en versión catalana. Esto no es aceptable. Un medio de comunicación público tiene que tender a la neutralidad y reflejar la pluralidad política de la sociedad.

¿Entre los factores desencadenantes del “Procés”, cual es a su juicio especialmente determinante?

Por encima de todo, hay una bajísima calidad de gestión política. Artur Mas, que en 2011 pacta con el PP y luego lo hace con, Esquerra, demuestra que es un alumno aventajado de Pujol, pero sin siquiera entender a donde llevan cada una de sus decisiones. Así empieza a especular y jugar en corto y de aquéllos polvos vienen estos lodos. La cultura de la transición, del pacto y la búsqueda de espacios de diálogo, se acaba con Aznar. Con él vuelve una derecha mayoritaria y desacomplejada. Ahí se encuentran dos oportunistas, como son Aznar y Pujol, en el Pacto del Majestic. El “Procés” es una fase avanzada del pujolismo, que juega al agravio hasta el límite: “La bandera es mía y a llevaré hasta donde haga falta con tal de no perder el poder”. Así se genera esa dinámica de acción-reacción, en la cual nadie sabe quién tiene el control de ese coche desbocado, que es el “Procés”. Ahí se mezclan dos fenómenos nuevos. La crisis económica y el cambio disruptivo de la política a nivel mundial. Entre Salvani, Trump, etc. hay un hilo conductor que es el populismo. Y no se puede explicar una mala clase política sin una pérdida de la calidad democrática en la sociedad.

¿Una sociedad, en cualquier caso, plural o un “Sol Poble”?

Hay que empezar por el hecho de que alguien se pueda atrever a hablar en nombre del pueblo. En esta misma plaza conviven seis o siete identidades distintas, desde el turista que no sabe ni quien es Puigdemont, hasta el que solo habla catalán o quien pasa completamente de esto. Qué alguien se otorgue del derecho de hablar en nombre de todos nosotros, es algo que solo hacen las religiones o los nacionalismos.

¿Lo cual lleva a constatar que, más allá de los problemas de encaje territorial con España, Cataluña adolece de agudos problemas internos?

Lo Comunes, Colau, deberían darse cuenta, de una vez, que las grandes víctimas de toda esta mescolanza carlista, pujolista… esta alianza entre clases medias urbanitas y la Cataluña más carlista, que se ha producido en el “Procés”, tiene como gran objetivo la Barcelona cosmopolita y charnega. La de Candel, la de El Víbora y la de Pérez Andújar. Esa es la gran víctima y los Comunes tendrían que entender que van a por ellos, a por su espacio de poder. El “Procés” va contra esta bandera de cosmopolitismo, mestizaje…, que enarbolan los Comunes. El “Procés” va contra ellos y ellos siguen jugando peligrosamente a ese juego. Una de las grandes preguntas al “Procés” es si se trata de un movimiento vertical u horizontal ¿Hasta que punto se trata de un movimiento encabezado por unos líderes irresponsables, (que han prendido un depósito de gasolina), o se trata de una cuestión bidireccional, con una presión electoral que obliga a los dirigentes a tomar decisiones, a cada cual más loca?

Y todo esto acaba trasladándose a la ciudadanía, erosionando los vínculos de proximidad entre las personas…

Estuve viviendo en los Balcanes durante la guerra, y allí la gran pregunta que se formulaba era ¿Cómo se había podido llegar a que los vecinos (en el caso catalán, los Puig y los Martínez) que habían vivido en el mismo espacio acabaran matándose entre sí? Los Puig y los Martínez llevaban mucho tiempo conviviendo e incluso luchando, codo a codo, por construir un ámbito de convivencia. Es verdad que la presión social es importante, pero los liderazgos, los mensajes y la capacidad de creación de odio es fundamental. Como hemos visto en la historia, si a un grupo humano se le trabaja adecuadamente, una parte de él acabará fanatizado. Es verdad que la masa que se manifiesta en los 11 de septiembre acaba influyendo, a través de la ANC, Omnium…, en las decisiones de los políticos, pero sin la maquinaria de odio que han sido las instituciones, con sus medios de comunicación, sus mensajes y las decisiones irracionales de los políticos, no se hubiera llega ni a la mitad de la mitad del camino donde ahora estamos ahora.

¿Y ahora qué?

Lo primero y más fundamental es desactivar a los fomentadores de división y odio Y luego volver a espíritu de la transición, en el que los distintos acaben pactando.